A veces la realidad no se entiende en cifras, sino en escenas. Basta salir a la calle para reconocer los muchos rostros de la infancia en México: el niño que llega a la escuela sin haber desayunado, la niña que cuida a sus hermanos mientras su mamá trabaja, el pequeño que aprende antes a sobrevivir que a jugar. No son casos aislados; son escenas repetidas que, por cansancio o costumbre, hemos aprendido a normalizar.
A propósito del Día de la Niña y el Niño, los datos del INEGI confirman esa realidad: millones de niñas y niños viven en condiciones de pobreza y con acceso limitado a servicios básicos como la educación, la salud y la alimentación. Carencias que aparecen desde los primeros años de vida y que no solo afectan el presente, sino que condicionan el futuro de todo el país.
No hace falta ser especialista para entender lo que eso implica. Se nota cuando llega la temporada de útiles escolares, cuando se posponen consultas médicas o cuando las escuelas hacen lo que pueden con lo que tienen. Es ahí donde los derechos dejan de ser discurso y se vuelven urgencia.
Este 30 de abril no faltarán festejos ni regalos. Pero quizá el mejor obsequio para la niñez no sea uno envuelto, el mejor emprendimiento para este día sería la garantía de revisar seriamente los contenidos educativos que se imparten desde el gobierno y de recomponer el acompañamiento que se da desde el hogar. Porque educar no es solo transmitir información, es formar criterio, valores y oportunidades reales.
Por eso hay que decirlo claro: los derechos de las niñas y los niños no son negociables. No se pueden ajustar según el presupuesto, la coyuntura política o la moda del momento. “En un México que se reconfigura entre la desigualdad y la urgencia, proteger la infancia no es una celebración, es un acto de resistencia para salvar nuestro futuro”. Porque cuando un país falla con sus niños, falla desde la raíz. Y esa factura, tarde o temprano, la pagamos todos.
El regalo que sigue esperando, a propósito del 30 de abril


